Del mono al “homo emotionalis”

 

Tal y como anunció Bauman, la transición de la sociedad industrial a la postindustrial viene marcada por el paso de la ética del trabajo a la estética del consumo. Consumimos ya no en función del valor de uso de los productos sino en base a su valor-signo. Consumimos un estilo de vida, un prestigio social vinculado a la pertenencia a un determinado grupo de estatus. Así, por ejemplo, si observamos al consumidor de la marca Apple, se sabe que es un hombre de 30-45 años, con un nivel socio-económico medio-alto y además usa las redes sociales convirtiéndose en líder de opinión. Por tanto, el consumidor es al mismo tiempo un producto y promotor de sí mismo, lo cual aprovecha el mercado para que otros emulen sus hábitos de consumo, sus gustos y preferencias.

Es el nuevo individuo postmoderno que se mueve por el deseo inagotable, ya no por necesidades limitadas. En cuanto tiene un producto ya está deseando otro. Como dijo Bauman, la sociedad de consumo está más ocupada en fijar fecha de caducidad a las necesidades que en crear nuevas. Este nuevo consumidor postmoderno se orienta al placer, al hedonismo y consume emociones. Es el “homo emotionalis” que ha creado la sociedad de consumo. Consumir nos hace felices. Invertimos dinero en nosotros mismos, convirtiéndonos en objetos de consumo para procurarnos una felicidad inmediata. Por tanto, el individuo se mercantiliza a través de sus prácticas de consumo. Y estas prácticas se trasladan a la moda, a la alimentación y a todos los aspectos de nuestra vida. Consumimos felicidad en los spas y gimnasios, adquiriendo tratamientos de belleza, comprando ropa, comiendo en el restaurante de moda la comida que está de moda, etc. Como explica Foucault, somos “cuerpos dóciles” en manos del poder dominante. Ante la inestabilidad que vivimos, con trabajos temporales, contratos flexibles y relaciones también influidas por la temporalidad, lo único estable que se nos ofrece es nuestro cuerpo, que se convierte en objeto de consumo. Y, ante la insatisfacción que nos produce la falta de estabilidad y la incerteza, nos abocamos al consumo –de forma obsesiva- para consumir placeres inmediatos que cubran nuestra insatisfacción.

Ser consciente de esto te ayuda a darte cuenta de lo manejable que puedes llegar a ser y hacer la reflexión sobre qué es lo que realmente necesitas para sentirte bien, y alejarte así de la ferocidad del mercado para acercarte más a ti mismo/a. Se trata de saber qué quieres tú, desde tu autenticidad, y no qué quiere el sistema de consumo de ti, desde la imitación.

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