Marco, un niño maravilloso

infancia saludable Mayte Saavedra

Voy en metro, son las 15:30 horas de un miércoles.
A mi lado oigo la conversación de dos niños que me llama la atención. Uno de ellos, tan maduro, me sorprende su forma de hablar, le miro y le sonrío. Me devuelve una sonrisa limpia, preciosa. Se desocupa el asiento a mi lado, se sienta el niño y, le oigo decir esta frase a su amigo: “hemos de darle una oportunidad a Luis, porque lo conocemos desde hace un año y las personas pueden cambiar con el tiempo, estaría bien que pensemos sobre él de otra manera”. Cómo me hizo pensar esa frase. Y, enseguida me di cuenta de que estaba sentada junto a un ser especial, un niño maravillosamente especial. Aún me sobrecojo y me emociono cuando recuerdo ese momento.
Cuando nos quedamos solos, nos miramos a través del cristal del metro, sonreímos y, el niño se gira hacia mí y me pregunta: “¿Nos conocemos de algo?”.

Se llama Marco, tiene 12 años. Me explica que le han diagnosticado un déficit de atención y la medicación le está ayudando. Le digo que no tiene ningún déficit de nada, que es muy inteligente y brillante. Me lanza una mirada con los ojos bien abiertos, sorprendido, como si fuera la primera vez que escuchara algo así. Me da las gracias. Me dice que no está recibiendo ayuda ni en el cole ni por parte de sus padres, que lo que le ayuda es la medicación. Me siento triste, tan triste escuchándole. Sí, es un niño especial, uno de esos niños maravillosos que no son comprendidos y, a los que se les trata como si tuvieran algún problema y haya que medicar. Triste y monstruoso. Le sugiero que no siga medicándose por mucho tiempo, que no es bueno para él medicarse tanto. Me mira, asiente con la cabeza. Le digo que podría meditar, que hay vídeos en youtube que le pueden ayudar a meditar, para sustituir la medicación por meditación. Me responde: “Es que soy cristiano y no creo en esas cosas”. Le respondo que los cristianos rezan y, el rezo también es un tipo de meditación.

Me despido de él y me bajo en mi parada de metro. Llego a casa y, es tal la rabia, impotencia, sentimiento de injusticia, y, amor, mucho amor por ese niño, por esos niños, incomprendidos por una sociedad  loca y con déficit  de conciencia y de comprensión  hacia estos niños.  Y, de la rabia pasé a la tristeza. Y, como fruto de esa rabia y de esa tristeza nació este pensamiento.

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